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La Marca    Duncan HH    10-10-2000


Cuando Ignacio cumplió 18 años se sintió liberado de la presión de sus padres y pudo empezar a vivir lo que antes solo poda imaginar. Se dirigió a la capital y en la Universidad comenzó a experimentar las nuevas sensaciones de su sexualidad.

    Desde que tena unos 15 años se sabía homosexual, pero tena que ocultarlo. Buscaba el contacto con otros muchachos, pero todo era infructuoso. Practicaba la lucha libre y allí sentía el placer inmenso de sentir otros cuerpos como los de el, jóvenes, atléticos y sudorosos, unidos en largos minutos de combate, que lo excitaban de una manera tan grande, que muchas veces, en plena lucha, tuvo erecciones y espasmos de placer, en el fragor del combate.

    Ahora ya podía empezar a buscar más libremente, sin prejuicios. Herramientas para lograr citas no le faltaban: era rubio, alto, joven y muy bello. Comenzó a frecuentar los lugares del ambiente y en su segunda visita a un bar muy conocido hizo contacto casi a primera vista con un tipo mayor que el, pero físicamente muy atractivo, que lo atrajo como un imán hacia el. Bebieron algunas cervezas y muy pronto estaban en un auto rumbo al departamento del hombre.

    Ya en el departamento, la conversación fluyó rápido y entre ambos se paso de las palabras a los hechos, llevando siempre la delantera el hombre mayor, quien fue quitando la ropa a Ignacio, prenda por prenda, hasta que este quedó solo con su diminuto y sexy calzoncillo azul, que mereció un halago del hombre. Sin mediar mas palabras, el hombre comenzó a morder los testículos de Ignacio sin quitarle los calzoncillos, por lo cual este se desprendió de ellos rápidamente. Completamente desnudo, los ojos del hombre comenzaron a recorrer la hermosa anatomía del muchacho, y luego lo hizo su lengua, que comenzó por los pies, continuó por los testículos y se empecinó en sus tetillas, a las cuales chupó y mordió sin misericordia, pese a los gritos y quejidos del rubio adolescente, que se estremecía en una mezcla de placer y dolor.

    Cogiéndolo por el cabello, lo puso boca abajo en la cama del dormitorio, y comenzó a trabajar sobre el ojete del culo, sin piedad. Golpe tras golpe de caderas, comenzaron a surtir efecto y el duro miembro del hombre comenzó a penetrar y horadar el angosto orificio virgen del muchacho, que mordía las sábanas, que gema y chillaba, pero que sin embargo pedía más y más. Ignacio se excitaba aún más masturbándose mientras duraba el ataque de su sodomizador

    A cada ataque de las caderas, el hombre acompañaba su penetración, con fuertes golpes de  mano sobre las caderas y la espalda de Ignacio, que ya estaban enrojecidas por los reiteradas palmadas.

    Finalmente el hombre se corrió de manera brutal y sendos chorros de semen se esparcieron sobre la espalda y glúteos de Ignacio, quien también gozaba de una esplendorosa eyaculación.

    El hombre se retiró e Ignacio quedó exhausto sobre la cama, jadeando y sudando después de tan gloriosa experiencia. Pasados unos minutos, el hombre regresó y rápidamente, puso esposas en las manos de Ignacio y lo ató a la cama y con una correa comenzó a dar fuertes latigazos en la espalda del muchacho, que gritaba y suplicaba que se detuviera el tormento. El hombre se detuvo un rato mas tarde y des atándolo de la cama, lo condujo esposado por la espalda y cogido por el cabello hacia el baño, donde lo duchó y bao. Luego lo condujo nuevamente hasta la cama, lo volvió a atar por pies y manos, inmovilizándolo y procedió a afeitarle el bello inguinal y las axilas, pese a los quejidos y súplicas del muchacho.

    Los maltratos y humillaciones a Ignacio concluyeron por esa noche, pero el hombre, al despedirse le dijo que volviera  dos días más tarde.

    Ignacio quedó traumatizado, y se dijo que no volvería nunca mas, pues aún sentía el dolor de los correazos y la humillación de haber sido afeitado y ser tratado como una simple cosa.

    Al da siguiente pudo apreciar las marcas que aún le quedaban de los latigazos que le haba propinado el hombre del cual ignoraba hasta el nombre.

    No obstante sus intentos, Ignacio no pudo resistir un impulso interior que lo hizo concurrir al da siguiente a la cita con el hombre, que lo estaba esperando en su departamento. Con tono autoritario le orden despojarse de su ropa y quedar solo con un diminuto traje de bao azul oscuro e inclinarse frente a el para besarle los zapatos. A cuatro patas lo siguió por todo el departamento hasta una sala del fondo, donde estaba la "puesta en escena" para el tormento de la noche. Del techo colgaban cadenas y ganchos, a los cuales, dócilmente Ignacio se condujo, para ser sometido desde ese instante a golpes, mordidas y humillaciones. Un collar se le puso en el cuello, un bozal en la boca y otro collar en la base de los genitales, otra argolla entre los testículos y su órgano viril y un gancho, del cual colgó un pesado trozo de metal, haciendo que sus bolas se comenzaran a estirar, haciéndolo sudar y sentir un dolor que provocó un casi desmayo de Ignacio, que fue atacado con un par de golpes en la boca del estomago.

    Esa noche el tormento duro casi una hora y dos das más tarde Ignacio estaba puntualmente a la hora señalada, en posición de hinojos frente al hombre que ahora era su Amo.

    Desde ese día Ignacio concurrió todos los días y llevó en su brazo derecho, una cadena, señal del dominio de su Amo.

    Asimismo el Amo le orden que se pusiera un arete en su oreja y otro en su tetilla izquierda.

    Las semanas siguientes, el Amo trabajó cada una de las partes del cuerpo de Ignacio con tratamientos especiales de tormento, que fueron sometiendo cada vez más la voluntad de Ignacio. Un día eran dildos que introducía en el recto..., luego eran folladas..., luego era llevar cadenas durante el da..., otra vez fueron dildos que debía portar todo un da y otra vez  permaneció toda un noche en una jaula de metal. Los fines de semana lo acompañó a la casa del campo, donde era estacado. Otra vez se le introdujeron bolas de billar en el culo.

    Para humillarlo aún más, el Amo le preguntaba cual era el castigo que el deseaba o cuantos golpes quera.

    Finalmente llegó la hora definitiva de la prueba. Un sábado en la noche, luego de toda una tarde se humillaciones, Ignacio fue atado a un poste y el hombre trajo un gran brasero y luego un hierro en cuyo extremo tena escrito su nombre y mostrándoselo a Ignacio le preguntó si quera ser su esclavo. Sin titubear Ignacio le respondió que si, y entonces el hombre le dijo que sería marcado; introdujo el hierro en las brasas candentes y cuando este estuvo al rojo se lo aplicó en la piel de Ignacio a la altura de la tetilla izquierda. El olor a carne quemada recorrió el lugar e Ignacio se desmayó.

    Al da siguiente, ya marcado, Ignacio procedió a servir a su Amo.